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En el primer número de junio de 2020 del suplemento cultural Metzti Chikume de “Náhuat, revista de solidaridad con El Salvador” que lleva el título de “Cuentos y más cuentos (1)” tuvimos el honor de contar con cuatro relatos de reconocidas autoras salvadoreñas de todos los tiempos: Josefina Peñate y Hernández, Mercedes Durand, Matilde Elena López, Ligia María Orellana. Hoy les dejamos con la lectura de uno de estos relatos “El antiornitólogo” de Mercedes Durand y en este enlace pueden leer toda la selección publicada en primer Metzti Chikume.

Era el barrio preferido por los judíos residentes en el pais. Vivían tambien —en edificios oscuros y húmedos— españoles inmigrados, italianos pobres y uno que otro ruso blanco.

La sinagoga se hallaba situada muy cerca del Parque España y era frecuente mirar a los rabinos conversar con los niños y adolescentes —de gorras minúsculas— los sábados por la mañana.

A pocos metros —y en días domingos— la Iglesia de la Coronación se alborozaba con las voces matinales de los que chicos que repetían la doctrina cristiana y rezaban a Nuestra Señora de los Remedios… ¡La cruz del calvario y la estrella de David eran —en aquel barrio— igualmente veneradas!

—Te lo he dicho cien veces, ¡necesito SI-LEN-CIOOOOOO! Este maldito piso que hemos rentado tiene todo: mucho sol, muchos muebles, muchos libros y mucho, pero mucho ruido… Hace ruido el agua de la regadera, hace ruido Martina cuando prepara tu jugo de zanahoria, hace ruido el organdí de las cortinas, hace ruido el viento, hace ruido el llando de nuestro hijo, haces ruido tú y tus pasos de avestruz, hace ruido ese idiota alemán cuando remeda ser el violín primero y silba la fastidiosa música de Wagner… Y lo peor de todo, lo más horrible —en esta categoría de ruidos— es el insoportable canto de unos pajarracos que no sé de dónde han salido… Mira, Juliana, ya no soporto esta maldita situación… ¡o me procuras un profundo silencio o estallo…!

De un portazo Diego Covarrubias había salido al pasillo y bajado presuroso la escalera. En su carrera alocada tropezó con su vecina, la anciana filatelista polaca, y no respondió al ceremonioso saludo de la refugiada española que habitaba el apartamento situado exactamente bajo el suyo.

Caminó hacia la avenida Nuevo León y aspiró la brisa mañanera. Abordó un autobús, se caló sus anteojos y se dispuso a leer la Crítica de la razón pura. Ensimismado en los paréntesis kantianos, no reparó en la trápala de dos beatas que criticaban la vida y el milagro de la gente. Tampoco le molestó el cacareo de unas gallinas que viajaban amarradas en un canasto. Ni las estridencias onomatopéyicas de una pandilla de jovenzuelos que hablaban del lanzamiento de la jabalina y del rock and roll…

Juliana cuidó de remediar todos los detalles. Temía cervalmente la ira de su marido y lo compadecía por sus frecuentes insomnios, sus pesadillas y los repentinos cambios de humor. De modo que hizo llamar al plomero —a fin de silenciar la ducha—, ordenó a Martina que no preparara más su jugo de zanahoria, cambió la tela de las cortinas, juró arrullar —en todo momento y en todo lugar— al pequeño, fue a conversar con el alemán vecino y le suplicó que cambiase la hora de silbar a Wagner y con suprema resignación se dispuso a continuar el tejido de la bufanda que regalaría a Diego, su marido, el catorce de septiembre.

Como se acercaban las fiestas patrias, el calendario oficial indicaba diez días de asueto para los empleados públicos y las personas en edad escolar. En septiembre el calor era sofocante y casi todas las familias gustaban de vacacionar en el mar, el rancho o la montaña. Por tal motivo el edificio quedó casi vacío…

Diego Covarrubias no volvió a tener un berrinche. Dormía bien, roncaba a todo vapor y amanecía con el mejor semblante del mundo. Besaba a su mujer, jugaba al Aserrín Aserrán con el niño y luego se encerraba, largas horas en su estudio, a leeryescribir a escribiryleer…

Una densa nube de silencio lo inundaba todo. Juliana —previsora— se había comprado unas zapatillas con suela de goma y a la bulliciosa Martina la había despachado a la Terminal de Autobuses del Sureste para que fuese a descansar unos días en compañía de sus parientes.

—¡Qué rebuena es mi patrona! —monologaba la regordeta de la criada—. Me da diez días de descanso y la pobre se queda con todo el quehacer. ¡Si será tonta! ¡Allá ella y su cara de mártir!… Yo, mientras, me aprovecho y ahora sí podré cantar y chiflar de lo lindo todas las rancheras que le dan rabia al patrón…

Los días transcurrían con una tranquilidad de monasterio. Juliana tejía, zurcía, arrullaba, cocinaba, pensaba y sobre todo vigilaba que ni el roce del viento rompiera la paz hogareña construida a basa de tanto sacrificio… Diego disfrutaba de aquel pesado silencio. Leía, monologaba, vivía… De aquella situación se sacabe el siguiente balance: cero pesadillas, cero insomnios, cero ruidos…

De pronto, con el impacto de un terremoto y la celeridad de un alud, Diego Covarrubias pasó la noche sobresaltado. Saltó de la cama, a la hora del alba arrimó el oído al piso. Corrió a la azotea y se encaramó sobre unos trebejos que le sirvieron de montículo. Bajó a su cuarto, con ojos desorbitados, espió hacia el piso inmediato inferior y los descubrió in fraganti… ¡Sí, allí estaban, y lo grave era que seguían gorjeando…! ¡Eran dos aves de plumaje amarillo y pico menudo! Suspendidos en una pequeña barra de metal y celosamente guardados en una jaula, saludaban al día con su canto mañanero…

—¡Ajá! Conque son canarios los malditos pajarracos que me despiertan justo cuando voy a dormir! ¡Y qué osadía, eh, la vieja española esa los ha puesto exactamente bajo mi dormitorio…! ¡Ah, no, ya voy a ingeniarme cómo hacer sonar su sonata estúpida!… ¡Siquiera se hubieses ahogado de calor o el mar los hubiese tragado definitivamente…! ¡Ay, desgraciado de mí… solo diez días me dejaron vivir tranquilo…! ¡Canarios… bah, pamplinas de pajarillos melodiosos! ¡Son pájaros con instintos sádicos, se complacen en destrozar mis nervios y destruir mi sueño!… No hay alternativa… Deben desaparecer… ¡Deben morir!

Diego Covarrubias pidió licencia para no asistir, durante una semana, al Instituto de Altos Estudios. El insomnio hizo presa fácil de él. Su carácter se agriaba cada día más. Martina, atribulada por el estado del patrón, acudió al mercado de hierbas y preparó a Diego toda suerte de pócimas… Lechuga, hojas de aguacate, tilo, adormidera… Un día intentó —en el colmo de la desesperación— conseguir broza de marihuana, a fin de procurarle el sueño…

Diego Covarrubias, sudoroso, enfebrecido, rabiaba contra los pájaros… Se armó de una hondilla y desde su ventana acechaba en momento de lanzarle bolitas de acero y piedras afiladas… Disparó ocho bolitas y ninguna dio en el blanco… Iba a arrojar la siguiente y de pronto se escondió medroso y asustado… Era que la prudente española, retiraba la jaula a fin de que los canarios no recibieran ningún daño. ¡Una tormenta de las bravas amenazaba caer con todo su cargamento de rayos y centellas!

A la mañana siguiente, la devota valenciana fue a oír la Santa Misa y Diego, que espiaba absolutamente todos los movimientos de la gente de abajo, aprovechó la esperada ocasión para lanzar a los canarios una jarra de agua hirviendo con gotas de estricnina… Apretó los ojos —para saborear mejor su hazaña— y vertió todo el contenido de la jarra… Luego cerró las vidrieras y se retiró rápidamente del lugar…

Satisfecho fue a desayunar. Bebió varias tazas de café, comió tostadas y se encerró en su estudio.

Esa noche durmió como un lirón. Amaneció feliz y despreocupado. Ningún canto de pájaros turbaba su estado de ánimo. Él había quitado, con su propia mano, el canto y la vida de los pájaros. Su alegría era plena, total, definitiva. Se guardó bien de manifestarla. De pronto, la española del piso de abajo llamó insistentemente a la puerta. Las lágrimas y los gemidos de la señora eran desesperados. Diego se dispuso a consolar, hipócritamente, a la vecina. Contempló su rostro, en el espejo de la sala, para ocultar su aire de hombre feliz y adoptar uno de solidaria pena.

—Señor Covarrubias, esto es irreparable… Imagínese lo que me costó cuidar de mis canarios. Me los trajeron de España, estaban vacunados y los auscultaba semanalmente el veterinario. No creo que sea cierto el terrible fin que han tenido mis primores y cuidados…

Estalló en sollozos y lloriqueantes explosiones. Diego, prudente, consolaba a su angustiada vecina…

—Es imperdonable… No debí asistir a misa… Fue en esos momentos… Estoy más que segura…

(Nueva inundación de gemidos y lágrimas… Sí, Diego sabía mejor que ella a qué hora y cómo había sido…).

—Pero, oiga usted… ¡Qué descuido…! Esa criada nueva fue la culpable… Cuando me fui a la iglesia dejó abierta la puerta de la jaula y sabe, los canarios se fugaron… Pero, mire usted, qué maravilla… Ahorita los acabo de localizar… ¿No los ve usted?… Allá están ellos… Pobrecillos… Se han instalado en la rama del árbol que da a su ventana… ¡Menos mal que siquiera los voy a escuchar, por las mañanas, cuando canten para saludar el día!…

¡Aquello era demasiado para Diego Covarrubias!

 + información sobre la autora y otros relatos a Metzti Chikume “Cuentos y más cuentos (1)”

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