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Artículo publicado en el número 7 de “Náhuat, revista de solidaridad con El Salvador” (Barcelona, junio 2020).

En El Salvador se ha dado una división tácita entre la labor literaria de las mujeres. La narrativa ha sido, históricamente, oficio de hombres, mientras que la poesía fue una modalidad favorecida y practicada más por mujeres que por hombres durante el siglo XIX y la primera mitad de siglo XX. El modelo patriarcal garantizó un desarrollo social y educacional del país, que -sumado a una rígida estructura de reparto del poder laboral y económico consiguió silenciar y despreciar la voz de las mujeres durante muchos años.

Sin embargo, la tradición cuentística de las mujeres salvadoreñas viene de lejos, de la mano de Rafaela Salvadora Contreras Cañas (1869-1893), costarricense de origen, quien escudada tras su seudónimo Stella publicó nueve relatos de clara tendencia modernista, en periódicos de El Salvador y Guatemala en el último cuarto del siglo XIX.

Después, a ella la siguió la escritora y educadora Josefina Peñate y Hernández (1901-1935), quien en su segundo libro Caja de Pandora (1930), compuesto por trece cuentos, emplea una prosa feminista, crítica y afilada para tratar temas modernos y transgresores para la época, como el aborto, el divorcio, el incesto, los feminicidios, los hijos fuera del matrimonio o la falta de independencia económica de las mujeres.

Con el inicio del largo período militar que vivió El Salvador a partir de la década de 1930 hasta inicios de la de 1980, salió a la luz un grupo de escritoras que buscaron un nuevo lenguaje para la narrativa salvadoreña, uno que se alejara de las tradiciones importadas, un lenguaje simbolizado generacionalmente entre los hombres por uno de los más importantes cuentistas del país, Salarrué. Entre las autoras más conocidas están Eva Alcaine de Palomo y seudónimo Eugenia Valcácer (1899-2001), que mediante folletos publicó El milagro del niño Zarco (1940), Ardid (1949) y La botija (1961); Claribel Alegría (1924-2018), autora de Tres cuentos (1958, obra vuelta a publicar en 1996 y 2013, con los respectivos títulos El niño que buscaba ayer y Beni y otros cuentos); Claudia Lars con la obra Tierra de infancia (1969); Leda Falconio (1905-1981), italiana de origen que, con el seudónimo ALDEF, publicó los libros Un europeo en el trópico (1956) y Cuentos de tierra y mar (1974) y Matilde Elena López (1919-2010), que publica en 1970 Cartas a Groza.

En los años previos e iniciales de la guerra aparecieron otras autoras como Yolanda Consuegra Martínez (1940) que publica Seis cuentos (1964) y Una mañana de domingo: doce cuentos de contenido social (2005); Mercedes Durand (1933-1999), autora de Juego de ouija (1970); Pilar Bolaños de Carballo (1923-1961) escribe El trompo que no sabía bailar (1980); Aziyadeh de Ávila (1938) es la autora de La hija de la Ciguanaba (1981), Cuentos de Aziyadeh (1982), El engendro de las tinieblas (1982), Cuentos para ti (1983) o Dorados cuentos salvadoreños (1985). En la década de 1990 aparece la obra de Blanca Aguiluz de Menjívar, compuesta por Arcoíris (1992) y Rama de cuentos (1995) o Irma Chavarría (1951) que edita ¡Que en paz descanse! y otros cuentos (1996).

Entre finales del siglo XX y las primeras décadas del XXI transitan autoras con una narrativa múltiple y de una riqueza extraordinaria que rompe con las tendencias del pasado, toma conciencia de la violencia cotidiana, habla de la vida urbana y de la intimidad de los dormitorios, se abre a la libertad, al espectro diverso de la sexualidad y al empoderamiento de las mujeres. Circula entre el sobrenatural y lo fantástico, elabora nuevas construcciones sobre la vida y la muerte, y hace hincapié en el absurdo, la desmitificación del amor o el activismo social.

Entre ellas podemos destacar autoras como Jacinta Escudos (1961) con Contra-corriente (1993), Cuentos sucios (1997), El diablo sabe mi nombre (2008) y Crónicas para sentimentales (2010); Jennifer Rebeca Valiente (1973) con su seudónimo Harry Castillo, autora de Diez cuentos de adentro (1997) y De más allá (1998); Claudia Hernández (1975) con Otras ciudades (2001), Mediodía de frontera (2002, reeditada en 2007 con el título De fronteras), Olvida uno (2005) y Causas naturales (2013); Aída Párraga (1966) con El espíritu del viento y otros cuentos; Ligia María Orellana con Combustiones espontáneas (2004), Indeleble (2011) y Antes (2015); Ana Escoto (1984) con Menguantes y otras creaturas (2008) y De los problemas de enamorarse (2019); Elena Salamanca (1982) con Último viernes (2008) y la narrativa infantil de Roxana Méndez (1979). A ese listado hay que agregar a otras autoras también imprescindibles, como Carmen González Huguet, Miroslava Rosales, Nicole Membreño Chía o Vanessa Núñez.

Año tras año, todas ellas están transformando la literatura nacional con sus visiones liberadoras, revolucionarias y apasionadas, haciendo patente que El Salvador es un país donde las mujeres tienen mucho por vivir, mucho que decir, mucho que contar.

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