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Artículo publicado en el número 7 de “Náhuat, revista de solidaridad con El Salvador” (Barcelona, junio 2020). Fotografía: Interior de la Iglesia del Rosario / Archivo Huacal

Una de las joyas del Centro Histórico de San Salvador, la iglesia del Rosario, es uno de los templos más excepcionales de América Central y una de las iglesias más fascinantes de todo el continente, aunque no sea demasiado conocida ni visitada .

Su autor, Rubén Martínez Bulnes (San Salvador, 1929), escultor y arquitecto reconocido en el año 2019 con el Premio de Cultura de El Salvador por el conjunto de sus obras, diseñó, sólo con treinta años, su construcción al lado de la emblemática plaza de la Libertad en el corazón de San Salvador. Una obra ejecutada entre los años 1964 y 1971 que necesitó del apoyo directo de Juan XXIII para superar las reticencias de las autoridades eclesiásticas locales descontentas con su diseño moderno, que rompía con la tradición arquitectónica religiosa, para así, convertirse en símbolo del nuevo espíritu del Concilio Vaticano II (1962-1965) contrario al elitismo de las misas en latín y decantado por los más pobres. A pesar del apoyo del Vaticano, el arzobispado de San Salvador no colaboraría en la construcción de la nueva iglesia y de las arcas episcopales no saldría ni un centavo para su ejecución. Rubén Martínez, instaló su vivienda a pie de obra y pasó los siguientes siete años completamente abocado en la elaboración del nuevo templo. Las estrecheces presupuestarias (sesenta mil dólares fue el costo total de la obra) exigieron mucha originalidad, audacia y capacidad para asumir riesgos y obstáculos.

El exterior de la iglesia es un enorme semicírculo de hormigón gris que ha sufrido el paso del tiempo, como si fuera una escalera hacia el cielo abandonada con su hormigón agrietado. Su interior es espectacular a cualquier hora del día. Basta con abrir los ojos apenas cruzando sus puertas para quedarse deslumbrado ante esta obra. Sus ochenta metros de longitud, sus veintiún uno de altura, los miles de cristales coloreados que llenan el templo de una luz intensa y continuamente renovada como un espiritual arco iris, el efecto óptico de un espacio que se agranda según caminamos por su interior, la intimidad mística del conjunto y esa extraña sensación de estar en paz bajo su luz son sólo la apariencia de una obra singular y única que une una extraordinaria sensibilidad artística y una elaborada simbología. Y si no había suficiente con esta inaudita belleza, las catorce estaciones de la pasión de Cristo están hechas de piedra y hierro formando un semicírculo que se desplaza de derecha a izquierda y culmina en la Ascensión. Cada uno de los episodios es representado exclusivamente mediante las manos, unas manos nacidas del material de desecho y los restos de las vigas mostrándonos la extraordinaria excelencia técnica de Rubén Martínez como soldador.

Antes de esta magnífica obra, el Rosario fue la primera parroquia y por mucho tiempo la más importante de San Salvador. Fundada en 1545 y situada en la muy colonial Plaza de Armas, fue el punto neurálgico desde el que partía la retícula de calles, avenidas y plazas que aún hoy da forma a la capital. En 1842 se convirtió por fin en catedral y en 1873 un fuerte sismo derruyó el edificio. Sería reedificada en 1903 pero ya no como sede episcopal sino como nueva iglesia de los dominicos. Una vez finalizada la nueva iglesia en 1971, la plaza frente al Rosario se convirtió en uno de los foros privilegiados para hacer sentir las crecientes protestas de obreros, estudiantes y campesinos de los años setenta. Permanece en el recuerdo decenas de manifestantes encaramados con pancartas en su exterior. Al menos dos de estas multitudinarias manifestaciones contra el gobierno, el 28 de febrero de 1977 y el 29 de octubre de 1979, acabaron en el peor de los escenarios posibles, con el ejército abriendo fuego contra la población civil. A dos baldosas de la entrada principal bajo una lápida negra descansan las 21 víctimas de esta segunda matanza. La lápida fue colocada por los padres dominicos en 1991 con motivo de la visita oficial del presidente de la república Alfredo Cristiani como parte de los gestos de los Acuerdos de Paz entre la guerrilla y el gobierno. Una vez el presidente del partido ultraderechista ARENA la sintió bajo sus pies dio media vuelta y abandonó el templo.

Hoy en día, la iglesia del Rosario es el punto de salida de la Ruta de la Memoria Histórica que recorre el centro de la capital, un escenario viviente de lo ocurrido en los últimos años del siglo XX en este país y un símbolo de humildad, dignidad y paz. / Eduard Balsebre /

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